sábado, 17 de octubre de 2015

El descubrimiento del fuego

Relato seleccionado entre los 15 ganadores del concurso europeo A Sea of Words 2015.

Una gota de agua en el desierto. No habría mejor definición para el Estado Líquido, la capital de un mundo formado por tres cuartas partes de tierra. Una ciudad de agua rodeada de océanos de arena, donde las dunas se estrellaban contra la costa, las playas eran de hielo y los ríos estaban hechos de piedra. Un lugar donde lo imposible era el oxígeno de sus habitantes, los Acuáticos.

Los Acuáticos eran muy afortunados. No sólo por haber nacido en el Estado Líquido, depósito de la materia más valiosa de la tierra, sino porque la sangre que corría por sus venas era también incolora, inodora e insípida. Constituían, sin ningún tipo de duda, la raza dominante en aquel globo desértico. Más que nada, porque no existía ninguna otra clase de organismo con vida más allá de sus fronteras. O, al menos, esa era la versión oficial que mantenían las autoridades de la ciudad.

Como sucede con todas las versiones oficiales, cualquier parecido con la realidad era pura indecencia. Hacía años que llegaban a las costas del Estado Líquido pequeñas embarcaciones de cuatro ruedas procedentes del exterior. Sus pobres tripulaciones estaban compuestas por Flamígeros procedentes de Tierras Ígneas que tenían como único capitán el deseo de una vida mejor.

Los Flamígeros eran un pueblo de sangre caliente, con una cierta propensión a arder. Habitaban los vastos desiertos que rodeaban el Estado Líquido, dispersados en diferentes tribus nómadas. Su piel era inflamable y, debido a su pobre nivel de vida, nadie debería culparlos por encenderse con facilidad. Como el lector más avispado podrá imaginar, una raza tan fogosa no iba a quedarse de brazos cruzados ante las difíciles condiciones que debía afrontar por el mero hecho de nacer en el lugar equivocado. El Estado Líquido era su Tierra Prometida. El destino de largas travesías por el desierto que sólo los más valientes se atrevían a realizar. Un paraíso donde les esperaba la felicidad y que no querrían abandonar nunca. Sólo así se explicaba que ninguno de los valientes hubiera vuelto.

Por desgracia, la realidad era muy distinta. Las autoridades del Estado Líquido habían ocultado la existencia de los Flamígeros a sus habitantes, temerosos, como buenos gobernantes que eran, de que sus ciudadanos supieran más de lo necesario. Los cuerpos de seguridad se encargaban de interceptar las embarcaciones antes de que llegaran a la costa y cualquiera pudiera apreciar su presencia. En cuanto a los Flamígeros que iban dentro… Bueno, digamos que el gobierno se encargó de apagar esos fuegos.

Dadas las circunstancias, sólo hacía falta una pequeña llama para encender la mecha que haría saltar todo por los aires. Precisamente, Llama era el nombre del Flamígero que lo cambiaría todo.

Llama era el único miembro de su familia que había sobrevivido a las hostiles condiciones de vida que se daban en el exterior. De todos sus seres queridos sólo quedaban cenizas. La única herencia que recibió fue una misión. No se le legó ningún tipo de presente, sino un futuro. Debía llegar al Estado Líquido y conseguir que el sacrificio de su familia hubiera servido para algo. Si era preciso cruzar el desierto a nado para lograrlo, tragaría toda la arena que hiciera falta. Su determinación de llegar nadando a la Tierra Prometida, que algunos tildarían de temeraria, acabaría propiciando que no fuera detectado por los descontrolados controles de seguridad del Estado Líquido, que ya sólo esperaban las acostumbradas embarcaciones. También fue la culpable de que, tras meses de travesía, llegara a la costa de la ciudad inconsciente, arrastrado por las dunas. Afortunadamente, no era el único que estaba incumpliendo la ley en aquellos instantes. Ha llegado el momento de presentaros a Gota.

Todos los Acuáticos tenían terminantemente prohibido bañarse en las playas congeladas de noche, pero Gota no estaba interesada en ser como todos los Acuáticos. Iba a contracorriente. Su propósito en la vida no era convertirse en otro miembro intercambiable de la uniforme multitud. Las únicas leyes que respetaba eran no creerse todo lo que oía y no acatar ninguna orden sin rechistar al menos una vez. Tenía un defecto congénito: la curiosidad. Para celebrar su pequeña parcela de libertad dentro de aquella prisión de mediocridad, cada madrugada se sumergía desnuda en la arena cuando el mar estaba desierto. Siempre se había preguntado cómo reaccionaría si aparecía alguna otra persona en la playa. Aquella noche podría averiguarlo.

Dadas las circunstancias, Llama estaba algo apagado. Aun así, el fuerte rojo de su piel anunciaba que no era otro Acuático azulado más. De todos modos, cuando Gota encontró su cuerpo inerte en la orilla, el color de su piel le importó bastante poco. Decidió acogerlo en su casa hasta que mejorara. Tenía espacio, tiempo y ganas de sobra. Y, sobre todo, no tenía excusa.

Aquella fue la primera vez que se vieron, pero sería durante los días que él pasó recuperándose junto a ella cuando se conocerían de verdad.

Compartieron largas jornadas conversando acerca de sus culturas, descubriendo los secretos de pueblos que hasta ese momento ni siquiera habían sabido que existían. Se entendieron a la perfección, fundando una nueva lengua de la que eran los únicos hablantes. Aprendieron el uno del otro más de lo que nunca habrían podido aprender solos. Y, de manera nada sorprendente, se enamoraron. Puede que los dos fueran demasiado tercos como para reconocerlo, pero podéis fiaros de mí. Al fin y al cabo, soy un narrador omnisciente.

La razón por la que no se atrevían a expresar sus sentimientos en voz alta estaba bien clara: nunca podrían consumar su amor sin consumirse.

Mientras tanto, las autoridades recibían cada vez más información sobre sucesos extraños en casa de Gota. Los informes de vecinos que afirmaban haber vislumbrado un intruso carmesí en su vivienda hicieron que se tomaran en serio el testimonio de un viejo pescador de escorpiones que afirmaba haber visto a una joven llevarse a cuestas un cuerpo escarlata de una playa congelada. Decidieron que había que acabar con aquel problema. Era la primera vez que una Acuática se veía envuelta en un asunto de estas características, pero, ¿qué importaban dos vidas frente a la seguridad de toda una nación?

El día en el que se cumplían tres meses desde la llegada de Llama, una patrulla de la Policía Húmeda se presentó en casa de Gota. Aunque sus intenciones fueran desconocidas, con un simple vistazo a sus rostros podía deducirse que no eran ni remotamente amistosas. La heterogénea pareja intentó escapar saliendo por la ventana y subiendo la escalera de inundaciones. En cuanto puso un pie en la terraza, Llama recibió un fuerte puñetazo.

—Supongo que los Flamígeros no tienen ni idea de lo que es un ascensor –gruñó el jefe de la patrulla, autor orgulloso del golpe.

Les estaban esperando en la azotea. No había escapatoria posible. Sin pensarlo demasiado, subieron a la cornisa, se cogieron de la mano, y contemplaron el vacío ante ellos.

—No hagan nada de lo que después puedan arrepentirse —les gritó el jefe.

Llama y Gota decidieron hacerle caso. Se abrazaron y se fundieron en un beso. Él ardió en llamas, ella se desbordó. De sus cuerpos quedó sólo vapor, que ascendió hasta mezclarse con las nubes.

¿Fin?

No.

Sólo el principio.

La historia de Gota y Llama se extendió por todo el Estado Líquido y mucho más allá. Cada vez más Flamígeros atravesaban las fronteras de la capital y cada vez más Acuáticos los acogían en sus casas. A modo de protesta, muchos se evaporaron en abrasadores abrazos como homenaje a la ahora mítica pareja que lo comenzó todo. Estas combustiones nada espontáneas se multiplicaron por toda la ciudad, dejando al gobierno sin nadie al que gobernar.

Sobre el Estado Líquido se formó un nuevo país poblado por los Gases Nobles, las volátiles nuevas formas de vida que originaban las combustiones. La Nación de las Nubes. Un país donde todos estaban a la misma altura y a aquellos que se creían superiores se los llevaba el viento. Un país donde no había más separación que la de los átomos de sus habitantes. Un país donde todos eran iguales fueran cuales fueran sus diferencias.

No había agua en el mundo capaz de apagar ese fuego.