martes, 18 de marzo de 2014

Por qué no

Hoy quiero romper una lanza. Porque sí. Porque se ha puesto buen día para llevar la contraria. Porque hacer un poco de ejercicio de vez en cuando no viene mal. Porque ya no sé qué hacer para llamar la atención. Y porque siempre he querido usar esa expresión. Llámame raro, llámame de letras. O mejor no me llames, que hoy estoy muy apagado o fuera de cobertura. 

También llevo años buscando una excusa para ponerme una toga, supongo que por eso me ha dado por hacer de abogado. Hoy defiendo a la palabra que más nos cuesta pronunciar de todo nuestro lenguaje, señoría. Más incluso que “esternocleidomastoideo”. Hoy defiendo el no.

A riesgo de sonar negativo, siempre preferiré un no sincero a un sí a medias. Un sí podrá abrirte muchas puertas, pero un no te ayuda a encontrar las llaves. Y todos sabemos que encontrar las llaves a veces cuesta mucho más que llamar al cerrajero.

No niego que a veces dar un sí es tan arriesgado como caminar por la cuerda floja, pero tampoco que siempre tienes una red debajo. Yo ya que voy al circo me meto a la jaula de los leones. Y es que no hay mayor acto de valor que decir un no con todas sus letras (y siendo una palabra compuesta sólo por una consonante y una vocal eso tiene mucho mérito). Los  no sé, los ya veremos o los quizás pueden salirnos más baratos, pero por mucho que los disfracemos con puntos suspensivos siguen siendo excusas. Somos unos cobardes. O unos mentirosos. O unos políticos. El sinónimo que más os guste.

Atrévete con un no rotundo. A esa proposición que sueles aceptar con una sonrisa repleta de regañadientes. A esa persona a la que te habías acostumbrado a necesitar desde que descubriste que no te hacía falta. A cualquiera de esas cosas imprescindibles sin las que tu día seguiría estando igual de completo. A todo aquello que das por sentado. A lo que quieras. Guíñale un ojo al cambio y lo mismo te enamoras.

Y ustedes se estarán preguntando, señores del jurado, a qué se debe esta defensa a ultranza del no. Pues a que apoyo firmemente su legalización. Al fin y al cabo, la única manera que tendríamos de conseguir verdadera seguridad social a la hora de relacionarnos con los demás sería que nuestro médico nos recetara unas cuantas dosis de negación vía oral al mes. 

Sólo así nos acostumbraríamos a su sonido. 

Sólo así estaríamos preparados para cuando en vez de decir esas dos letras, las escuchemos.