viernes, 4 de septiembre de 2015

El negocio familiar

Esta historia, al contrario que muchas otras, comienza con un fundido a negro. Nos rodea una oscuridad total, la nada más absoluta. No la nada que uno encuentra cuando va a buscar alguna cosa y no está, sino la nada producida porque, de hecho, ninguna cosa existe. En medio de toda esta nada hay un anciano vestido con un traje blanco caminando con ayuda de un bastón plateado. Lo sigue, pocos pasos por detrás de él, un niño que también viste de blanco. Parece bastante emocionado. No puede ocultar la curiosidad que se siente cuando acompañas a tu padre por primera vez a su trabajo.

—Ya hemos llegado —dijo el anciano, parándose en seco y apoyando su peso en el bastón. Su voz resonó en el vacío que los rodeaba.

—¿Trabajas aquí, papá?

—Así es. Habrás estado mucho tiempo preguntándote dónde trabajaba. Y, aún más importante, cuál era mi trabajo. Pues bien, creo que ya eres lo suficientemente mayor como para aprender los entresijos del negocio familiar.

Realizó una pequeña pausa mientras pensaba cómo seguir.

—Verás, hijo, soy Dios. Suena demasiado pretencioso, ya lo sé, pero yo no creé el nombre. Sólo creé a las personas que lo inventaron. Lo cierto es que no estoy demasiado cómodo con ese término, me veo obligado a usarlo porque no hay ninguno mejor para referirse a lo que hago. ¿Y qué hago? Muy sencillo. Creo universos.

El asombro en la cara del niño reflejaba que aquello que acababa de decir era de todo menos “muy sencillo”.

—De acuerdo, puede que no sea tan sencillo. Tal vez he empezado demasiado fuerte. Mucha información para asimilar de golpe. Empezaremos por algo fácil. Hoy crearás tu primer planeta. Es lo más básico, lo hago decenas de veces al día. Sólo tienes que hacer lo que yo diga. ¿Estás preparado?

—Sí —dijo el niño con un tono de voz que decía totalmente lo contrario.

—Muy bien. Cierra los ojos. Para poder empezar, sólo tienes que imaginarte una esfera rocosa. Ahora tienes que recubrir hasta el último milímetro de su superficie a tu antojo. Puedes usar lo que quieras: montañas, mares, desiertos, selvas... pero imagínate hasta el último detalle. Imagina lo altas que deben de parecer las montañas antes de empezar a escalarlas y la fuerza con la que te da el viento en la cara cuando llegas a su cumbre. Siente el sabor salado del agua del mar en tu boca. Las gotas de sudor que recorren tu frente caminando por el desierto.  La imposibilidad de silencio en la selva. Es muy importante que ningún recoveco de la geografía de tu planeta te sea desconocido. Después, sólo hay que llenar todos esos lugares de vida. Detalla el aspecto de cada especie en tu cabeza y diseña hasta la última de sus características. Por último,  tienes que imaginarte a unos seres distintos a los demás. Suelo darles un físico parecido al nuestro. Lo que les diferenciará será que les vas a dar la capacidad de pensar por sí mismos. Una vez hecho esto, habrás terminado.

—¿Y ahora qué? —preguntó el niño, que se estaba mordiendo los labios debido al esfuerzo. Largas gotas de sudor le caían por la frente.

—Ahora sólo tienes que abrir los ojos y mirar la palma de tu mano.

El niño abrió los ojos y no pudo evitar abrir también la boca. Entre toda aquella inexistencia, un planeta resplandecía en el centro de su mano. Levantó la mirada y se encontró con el rostro del anciano sonriéndole.

—La verdad es que no está nada mal para ser tu primera vez. Demasiado azul para mi gusto. Y con bastantes imperfecciones, pero creo que sus habitantes tendrán que vivir con ellas. Por supuesto, no lo podemos dejar aquí en mitad de la nada. Hay un sistema solar cercano que creé hace unos días al que no le vendría mal un noveno planeta. Seguro que le encontramos un hueco.

Cogió al niño de la mano que tenía libre y juntos comenzaron a andar hacia una galaxia en forma de espiral. Poco después, ya habían llegado a su destino. Se encontraban contemplando cómo ocho planetas orbitaban alrededor de una estrella.

—Sólo tienes que dejar tu creación entre aquel planeta rojo y ese otro brillante. Creo que ese será un buen sitio.

El niño no se movió. Tenía el puño firmemente cerrado alrededor del planeta.

—No quiero. Es mío. Son míos.

El anciano lo miró con tristeza.

—Sabía que esto iba a pasar... Esta es la parte más difícil del trabajo. Nosotros nos limitamos a crearlos, hijo. Les damos un planeta y la capacidad de pensar, de valerse por sí mismos. Lo que hagan con ellos no es cosa nuestra. Sería tremendamente injusto para ellos que hubiera alguien superior manejando sus destinos. Y sería tremendamente egoísta por nuestra parte controlar sus vidas. No debemos interferir. Lo que les ocurra a partir de ahora será únicamente culpa suya. A partir de este momento están solos. Tienes que dejarles ir. Sólo entonces estarás haciendo bien tu trabajo. Abre tu mano.

El niño lo hizo, con lágrimas en los ojos. El planeta se alejó, encontrando su lugar en aquel sistema solar. Los dos se quedaron observándolo en silencio durante un rato.

—Debes haberte sentido muy triste haciendo este trabajo tú solo durante tanto tiempo, papá.

—Por eso te creé, hijo.

Y, mientras un mundo nuevo nacía ante ellos, el anciano abrazó al niño.

Ahora era él quien estaba llorando.